Justicia

Abelardo Valenzuela el fiscal anticorrupción que sigue sin convencer a Chihuahua

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Lo que debía convertirse en un organismo capaz de investigar posibles actos de corrupción sin presiones políticas ha terminado enfrentando una constante crisis de percepción pública. La discusión ya no gira únicamente en torno a los expedientes que investiga, sino sobre la autonomía, imparcialidad y credibilidad de quien dirige la institución.

Desde su llegada al cargo en 2022, Valenzuela ha estado acompañado por críticas relacionadas con su designación, sus antecedentes políticos y la cercanía que distintos actores le atribuyen con el gobierno estatal. Aunque ninguna de estas controversias ha impedido su permanencia en el puesto, sí han erosionado la confianza que una Fiscalía Anticorrupción necesita para operar con legitimidad.

La situación se agravó con diversos conflictos judiciales y enfrentamientos competenciales que colocaron a la dependencia en una ruta de confrontación constante con autoridades federales.

El episodio relacionado con Javier Corral llevó la discusión a un nivel nacional. Mientras la Fiscalía defendía sus actuaciones, sus críticos denunciaban una utilización política de la institución. El resultado fue una batalla pública que terminó generando más dudas que certezas.

Y ese parece ser el sello que ha acompañado la gestión de Abelardo Valenzuela: una acumulación permanente de cuestionamientos que la Fiscalía no ha logrado disipar de manera contundente.

El problema no es menor. Una fiscalía especializada en combatir la corrupción depende de la confianza pública para sostener su autoridad moral. Cuando esa confianza comienza a deteriorarse, cada investigación queda expuesta a sospechas, interpretaciones políticas y cuestionamientos sobre sus verdaderas motivaciones.

Mientras otras fiscalías buscan destacar por sus resultados, la de Chihuahua continúa atrapada en una discusión sobre su independencia.

Ese es quizás el mayor fracaso institucional de la actual administración. No porque existan resoluciones judiciales adversas o críticas de la oposición, sino porque después de años de gestión la principal pregunta sigue siendo la misma: ¿puede la ciudadanía confiar plenamente en la autonomía de la Fiscalía Anticorrupción?

A lo largo de este periodo, la dependencia ha tenido que responder una y otra vez a señalamientos relacionados con presuntas influencias políticas, decisiones controvertidas y conflictos con otras autoridades. Aunque la Fiscalía ha defendido sistemáticamente la legalidad de sus actuaciones, la percepción pública parece avanzar en una dirección distinta. Y en materia de reputación institucional, las percepciones suelen tener un peso tan importante como los argumentos legales.

La consecuencia es evidente: una institución diseñada para investigar la corrupción enfrenta hoy un desgaste de confianza que limita su capacidad para generar consenso social sobre su trabajo. Cada nuevo caso de alto perfil termina acompañado por debates políticos, sospechas partidistas y cuestionamientos sobre la verdadera autonomía de quienes toman las decisiones.

Abelardo Valenzuela ha insistido en defender la legalidad de sus decisiones. Sin embargo, la percepción pública parece contar una historia distinta. Y en política, pocas cosas son más peligrosas que una institución que pierde la capacidad de convencer a la ciudadanía de que actúa sin intereses ni compromisos ajenos a la ley.

Hoy, la Fiscalía Anticorrupción sigue siendo noticia. Pero no necesariamente por los casos que investiga, sino por las controversias que continúan persiguiendo a quien la encabeza. Mientras esa situación no cambie, la institución seguirá enfrentando el mismo desafío: demostrar que puede combatir la corrupción sin que una parte importante de la sociedad cuestione constantemente su independencia y credibilidad.

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